Era una noche de Junio. El centro cultural Artenpié de Quilmes no queda precisamente en el centro de la ciudad. Está sobre una calle transitada pero podríamos decir que en un barrio. La función era a las 21:30 hs. Había gente, lindo público dijimos. Conversaban, tomaban algo, comían, afectuosamente atendidos por los chicos de la comisión de teatro del lugar. Se demoró el arranque de la función hasta que finalmente "salimos al ruedo". Mi bisabuela, mi linda abuela, mi tío abuelo Gustavo y yo nos encontramos un rato en el escenario, contamos lo nuestro y nos volvimos a despedir con el ritual de las lágrimas y la certeza de la eternidad.
Mi compañera Liliana Maldonado arrancó con su unipersonal, la miré detrás de escena con nuestro asistente Pablo Zumbo que musicalizó e iluminó la historia. Finalmente saludo y aplausos. Fuí al camarín, me vestí y salí a saludar (ceremonia que me pone bastante vergonzosa). Ahí llegó la mejor parte de la noche: Una parejita se me acercó, ella ,tocaya, se llamaba Silvina y era de Quilmes y él era español y del pueblo de mi abuela!!!. De pronto nos encontramos conversando sobre lugares y comidas y paisajes de su pueblo que yo, Argentina y quilmeña, conocía. Compartimos sobre el desarraigo, el pueblito con su bar, la subida de la montaña. Javier (así se llama mi "vecino" español) con sus treinta años no entendía cómo estábamos en ese lugar al sur de Buenos Aires hablando de su pueblo, al norte de España, cómo una quilmeña conocía su lugar y contaba una historia que de alguna manera lo involucraba. Yo no dejaba de asombrarme de la maravilla de la vida, de la relatividad del tiempo y el espacio, de la satisfacción de que el universo entero me asistiera en ese instante cruzando el camino de Javier con el mío y produciendo así un encuentro casi epifánico.
Con Javier nos intercambiamos teléfonos y quedamos en cumplir con la antigua ceremonia de llevar recuerdos a la familia en el próximo viaje, tal vez mis primas hayan jugado con él...
Nos despedimos con abrazos, besos, alegría y cierta extrañeza que perdura frente a un lazo que nos une sin conocernos, mirándo más allá a través de nuestros ojos, reconociéndonos iguales aunque diferentes, familia y extranjeros. Extranjero él y extranjera un poco yo en quilmes.
"Mi abuela hablaba de Otero y de Ponferrada como si fueran el Edén" le dije. "Ponferrada es un lugar hermoso" me dijo. Nos miramos y supimos que es el Edén para los dos. Nos miramos y lo sentí cerca.